Mi experiencia en el acompañamiento de final de vida

Este es un tema que me interesa desde que tenía 13 años, y que hoy regresa con fuerza.

El descubrimiento, en 1978, del libro de Raymond Moody titulado: “Vida después de la vida” me había marcado profundamente. Esta obra reunía diversos testimonios de personas que habían experimentado muertes clínicas, y todo ello se acompasaba, en lo más profundo, a esa convicción que me habitaba desde mi nacimiento: La vida es una travesía, no empieza en el nacimiento ni termina con la muerte. Luego, el prólogo de Elisabeth Kübler-Ross, una suiza emigrada a los Estados Unidos, me remitió a numerosas obras que abordaban de forma muy natural el tema de la muerte. Mi deseo de consagrar tiempo a personas que se encontraban al final de sus vidas había nacido.

Luego, los años pasaron, y me encontré vendiendo, en 2002, mi ex – empresa de informática con la intención de reorientar mi vida en un plano más humano. Disponiendo entonces de mucho tiempo libre, decidí pasar una parte del mismo junto a personas que se hallaban al final de su recorrido terrestre. A principios de 2003, a razón de dos días por semana, integré la unidad de cuidados paliativos del cantón de Fribourg, situado entonces en Châtel-Saint-Denis, al sur del cantón. Esta actividad no hizo sino revelar y confirmar mis deseos de adolescente.

Mis experiencias han sido de las más ricas en el plano humano. Por supuesto, me he encontrado con toda la paleta de emociones y sufrimientos humanos, tanto entre las personas que se preparaban para emprender su vuelo, como entre sus seres queridos. Lo que más me marcó fue la autenticidad de esos centenares de personas, hoy fallecidas. Sea la edad que sea (pues no hay edad para morir), cuando la muerte se acerca, las máscaras caen y las apariencias se esfuman, para no dejar espacio más que a… ¡lo esencial! Y eso esencial me ha enriquecido hasta lo más profundo de mi ser.

¡No veas nada de altruista en mi labor! De hecho, no me gusta demasiado el término “altruista”, asociado a menudo erróneamente a algo religioso, a una entrega unilateral de uno mismo. ¡No es el caso! Si bien es verdad que he aportado mucho a esos seres, sin esperar nada, estos me lo han devuelto con creces, a través de su autenticidad y de la confianza que depositaron en mí. Hoy soy portador de muchos secretos que necesitaron ser depositados, pues uno no alza el vuelo arrastrando pesadas cargas. Secretos que para algunos interesarían, sin duda, a las más altas instancias de nuestra sociedad, pero que se irán conmigo, el día que deje esta tierra.

Todos estos intercambios me han llevado, claro está, a cuestionarme sobre mi vida cotidiana, mi sistema de valores y mis prioridades. ¿Hay que esperar al último momento para poner en orden los asuntos personales? ¡Claro que no! Por lo que barrí en mi propia casa y me liberé de numerosos fardos. Prepararse para morir es aprender a vivir mejor. Estoy convencido de ello. Aquella actividad dentro del equipo de cuidados paliativos de Châtel-Saint-Denis duró seis años. Salí de ella transformado.

Luego, pasaron algunos años, y desde la pasada primavera, siento renacer en mí el deseo de ofrecer mi tiempo a seres que se preparan para partir. Hace unos meses tuve ocasión de acompañar a una persona en sicogeriatría que ya partió. Tras algunas gestiones emprendidas, a finales de verano, una nueva forma de acompañamiento se abre ante mí, habiendo debutado mi formación en este sentido el pasado septiembre. Os hablaré más extensamente de ella, próximamente…

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