Atiborrarse de conceptos ajenos

A menudo me preguntan en qué corriente se inspiran mis escritos. Algunos imaginan que estoy suscrito a algún sistema de pensamiento, o que me expreso sobre la base de una enseñanza espiritual recibida. Pues, ¡lo cierto es que no! Como el politetrafluoretileno (teflón para los profanos), no me adhiero a nada. Mi trayectoria académica, más bien técnica, terminó a los veinte años con un certificado federal de capacitación en electrónica que no me ha proporcionado la más mínima base literaria, filosófica o espiritual. He de reconocer que estoy bastante orgulloso de mi incultura en este terreno, ya que encuentro que llenarse de pensamientos ajenos es un obstáculo importante para la libre reflexión.

Cuando escribo, la inspiración fluye, simplemente. Mis palabras son tanto más libres por cuanto no han sido teñidas ni tomadas de los grandes maestros del pensamiento de este mundo. Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Marx, Sartre, así como todos los demás, no los conozco más que de nombre, y no por ello me siento mal.  No vayas a creer que me opongo a sus conceptos, no es el caso en absoluto. De hecho, ¿cómo podría oponerme a puntos de vista que ignoro? Es solo que intentar dar un sentido a mi vida a través de la mirada de pensadores con la mente torturada me parece el colmo del absurdo. Mis ojos y mi corazón me bastan para observar el mundo.

paysage Los caminos más ricos son aquellos que trazamos mediante nuestra propia experiencia. Cuanto más tiempo pasamos atiborrándonos de conceptos ajenos, más nos deslizamos por caminos ya muy explorados. El surco a veces se vuelve tan profundo que terminamos incluso enterrándonos en él, forjando un espíritu cerrado. Años de teología nutren nuestra mente de dogmas y creencias, al tiempo que desecan el corazón. Una filosofía pre-masticada se asemeja a un manual de uso que impusiera una visión fija y limitada de la existencia; una religión se apropia de la historia personal de un ser iluminado con el fin de convertirla en un recorrido obligatorio… Pero, ¿es necesario recordar que todo cuanto pertenece a la historia está ya muerto y nos aleja un poco más del instante presente? Toda experiencia carece de sentido salvo para quien la vive, y en el momento en que la vive. ¿De qué sirve limitarse y restringirse a algo que ya no existe, ni nunca nos ha pertenecido?

La auténtica felicidad pasa casi sistemáticamente por el des-aprendizaje de nuestros múltiples condicionamientos, por la renuncia a nuestra biblioteca cambiante de obras diversas, con títulos en ocasiones pretenciosos. La sensatez no se aprende con los libros, sino mediante la observación consciente. Cuanto más nos desvinculamos de los esquemas impuestos por una sociedad, más factible se hace el poder observar y percibir su engranaje. La perspectiva es mucho más valiosa que la cultura a ultranza, ya que permite contemplar con una mirada nueva y neutra: la del corazón. El cultivo de conocimientos es un caldo que degustamos y en el que nuestra alma termina ahogándose.  El único y verdadero aprendizaje es el de nuestros propios descubrimientos, el de nuestras experiencias personales. Pasarse la vida machacando citas de otros me parece como vacío de sentido. Vivir la vida por procuración resulta del todo estéril.

Si en mis escritos ciertas palabras te hablan, no es que te enseñen algo, solo despiertan en lo más profundo de ti todo cuanto ya sabes. De hecho, no vienen de mi persona, solo es la vida que fluye a través de mí y que se manifiesta con la ayuda de ellas. Las palabras están vivas y no hay que pretender cristalizarlas, anclándolas en un sistema de pensamiento.  Solo pasan, por lo que no intentes siquiera retenerlas, ya que las volverías prisioneras de tu mente. Están ahí para detonar y revelar, solo para despertar. Si las capturas, ya están muertas. Así pues, no te agarres nunca a la llave: franquea más bien la puerta que aquella te ha permitido abrir.

Esta entrada fue publicada en Reflexiones. Guarda el enlace permanente.