El conocimiento solo tiene valor a través de la experiencia

La instrucción puede llegar a ser un pesado fardo cuando el ser humano se carga intelectualmente y acumula conocimientos, sin molestarse siquiera en experimentarlos. Cada teoría que engulle ahoga un poco más su sentido común y su intuición, formateándolo cual robot sin alma. Así, podemos encontrar a grandes teóricos que describen los engranajes de la sicología o que despliegan su bagaje teológico, totalmente incapaces, después, de demostrar la más mínima humanidad frente a otros.

El conocimiento en estado puro, si no es vivido o experimentado, se vuelve tóxico. Un niño crece únicamente a través de la experimentación. Tiene que quemarse para comprender el peligro del calor, tiene que herirse para entender el sufrimiento… Pero todo se complica muy rápido cuando el sistema escolar empieza a instruirlo privándole de la experiencia indispensable para cualquier asimilación. ¿Cómo sentir por uno mismo y explorar las propias convicciones cuando se está empachado de grandes teorías de otros? Ni Freud, ni Jung pueden ayudarnos a encontrar lo que nos habita. En cambio, el desconocimiento de estos dos personajes es seguramente el mejor equipaje para emprender ese viaje introspectivo.

Lo que podemos aprender de memoria carece de todo valor, puesto que podemos encontrarlo fácilmente en los libros o, simplemente, en internet. La inteligencia no se aprende; es esa capacidad de encontrar soluciones simples y eficaces, de unir lo existente para darle vida, de crear de forma armoniosa, de desarrollar sanas sinergias, de abrir nuevas vías… Los conocimientos no son otra cosa que los ingredientes de nuestra inteligencia. Sin ella, todo conocimiento muere.

He tratado a muchas personas que me sobrepasaban en una década de estudios, lo que no es difícil, puesto que terminé mi formación escolar en electrónica poco antes de la edad de veinte años. Recuerdo, por ejemplo, a unos jóvenes médicos, rebosantes de conocimiento académico y sin embargo desarmados, preguntarme, justo antes de entrar en la habitación de un paciente, cómo se podía abordar, en la práctica, a una persona que estaba a punto de morir. Recuerdo asimismo a otra persona que enseñaba filosofía en un nivel universitario, a la que le resultaba imposible hallar la felicidad en su vida. Y estaba también aquel ingeniero, altamente cualificado, absolutamente incapaz de involucrarse en una sencilla manipulación, desconectado como estaba de la realidad…

Cuando la capa de conocimientos asfixia nuestra riqueza interior, hay que empezar a desaprender, a desacondicionarse de los grandes conceptos, para poder descontaminarnos de nuestras creencias limitativas, y encontrar, así, lo esencial, que nos habita desde siempre. La inteligencia, a mi modo de ver, es innata. Está presente en cada uno de nosotros, y solo pide revelarse a través de la experimentación consciente de la vida, en la atenta escucha de nuestras aspiraciones profundas.

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