Deseo e instante presente

¿Podemos vivir plenamente el instante presente mientras estamos experimentando alguna forma de deseo? No, no lo creo.

El deseo es la atracción hacia un objeto material, financiero o humano, a menudo idealizado, y en ocasiones fantaseado. Es indisociable de la carencia, y a menudo se acompaña de frustración. Lo inaccesible potencia el deseo, pudiendo volverlo incluso obsesivo. El deseo es pernicioso, puesto que se retroalimenta. Cada deseo arrastra otro deseo, alimentando en la persona un sentimiento de incompletud e insatisfacción permanentes, y empujándola a vivir en la proyección de una felicidad ilusoria y condicional, jamás alcanzada: “Yo sería feliz si tuviera…, si fuera…, si pudiera…”

Algunos aseguran que el deseo es un motor, un poco como la fábula del burro y la zanahoria.  ¿Existe peor frustración que esa visión obsesiva de la zanahoria que se aleja con cada paso que da el burro? Para mí es el colmo del sadismo. Surcar una existencia con la única motivación de alcanzar una meta, en este caso inaccesible, me parece absolutamente aberrante.

Y, sin embargo, es así como avanza el ser humano insatisfecho, generalmente incapaz de saborear lo que se le ofrece aquí y ahora: Cuando llueve, espera el sol. Cuando está solo, sueña con su alma gemela. Cuando está en pareja, aspira al celibato… En esta huída hacia adelante, se proyecta constantemente en todo lo que no tiene: dinero, viajes, casa, amor, felicidad…, llegando incluso a olvidar que la fase última del recorrido terrestre es la muerte del envoltorio físico. Y, paradójicamente, la única etapa que franquearemos todos, sin excepción, es también la más oculta. Mientras el ser humano rehúye el paso del tiempo, parece que solo viva a través de su frenética carrera hacia ese paso inevitable del que reniega. Todo ello parece una broma de mal gusto que solo puede saldarse con el fracaso.

La insatisfacción generada por el deseo no es una fatalidad, sino una forma de vida escogida. En otras palabras, la satisfacción es una elección, al igual que la felicidad, que solo depende de uno; porque cuando vivimos plenamente el instante presente, tomamos conciencia de que lo esencial nos habita y de que sería ridículo buscarlo en alguna otra parte del espacio o del tiempo. Ningún otro momento que no sea el instante presente puede ser vivido, puesto que el pasado ya no existe y el futuro es improbable. Ningún proceso personal o espiritual puede ser sinceramente emprendido, si no empezamos por integrar esta realidad en nuestra vida cotidiana.

Y es que el deseo hace imposible toda felicidad auténtica, porque mata el instante presente y hace, del mañana, un ideal que siempre se acaba poniendo, después, en entredicho. El hombre deseoso es un eterno insatisfecho. El deseo nunca nos hace felices, solo aporta una pálida ilusión. Pues, cuando parece ya satisfecho, la supervivencia se hace posible únicamente a través de la inevitable proyección de otro deseo, al que seguirá otro deseo, en un ciclo sin fin… ¡La dependencia es total! Se trata sin duda de la mayor adicción que sufre la humanidad.

Renunciar al deseo, para recuperar el instante presente, no es una simple decisión que tome nuestra mente. El periodo que pone fin a nuestra vida es propicio para este proceso, puesto que no ofrece alternativa, en ese instante último. Pero es posible, también, no esperar a ese extremo, para empezar a vivir verdaderamente. Integrar en la vida cotidiana semejante toma de conciencia requiere mucha atención, ya que las ganas de dejar de desear se convierten, a su vez, en un nuevo deseo…

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