Sobre el egoísmo

El egoísmo: Cuando falta lo esencial

¿Te has preguntado alguna vez por qué, paradójicamente, aquellos que nada tienen son quienes menos entienden de egoísmo? Y es que, en realidad, la pregunta está mal planteada, puesto que aquellos que no tienen nada, sí gozan, por lo general, de lo esencial, y cuando se tiene lo esencial, no se puede sino compartir.

Durante un retiro en solitario en el Sáhara, me encontré hace algunos años en la tienda de un camellero, en pleno desierto de Mauritania. Me encontraba rodeado de sus cuatro hijas, de su mujer y de él mismo. Bebimos de la misma copa un poco de leche de camella mezclada con agua, y compartimos algunas galletas, para su regocijo y el mío. A pesar de su relativa pobreza, no entendían de egoísmo, solo concebían el deseo y el placer de compartir.

He aquí un ejemplo que nos recuerda hasta qué punto nos hemos desviado. A través de la carrera irrefrenable hacia la posesión material, el ser humano occidental busca únicamente colmar un vacío abismal, un vacío esencial y sin fondo. En vano y torpemente, intenta atraer hacia sí los únicos valores a los que sabe agarrarse: El dinero, lo material, y el poder. Pero todo cuanto está afuera no puede sino despertar la codicia. Situar lo esencial afuera crea obligatoriamente una forma de competencia e incita al egoísmo de querer apropiarse de ello. Así nace el egoísmo, en la creencia de que la felicidad solo existe en la profusión. Pero cuando lo esencial nos habita, ninguna forma de egoísmo puede sobrevivir.

Cuidar de uno mismo no es egoísta

El egoísmo es el síntoma de una enfermedad moderna muy contagiosa, pero no tiene nada que ver con el hecho de cuidar de uno mismo. El egoísmo se vive en detrimento de otros, mientras que cuidar de uno mismo a nadie perjudica, todo lo contrario. La diferencia es fundamental. Cuando una persona elige cuidarse a sí misma, el sentimiento de culpa termina casi irremediablemente por aflorar. ¿Cómo puedo concederme la más mínima cosa, cuando el mundo está sufriendo alrededor? Así, el ser humano elige descuidar sus propias necesidades básicas para volverse hacia las de otros.

Esta negligencia hacia uno es un pesado lastre de los partidos religiosos* que condenan todo placer. Durante siglos han inculcado la creencia de que la salvación no era posible sino a través de la entrega unilateral de uno mismo: “¡Sé compasivo! ¡Ayuda a tu prójimo! La noción de sacrificio está omnipresente. ¿Y en qué lugar se nos recuerda lo importante que es cuidar de nosotros mismos? Con la excusa de preconizar el altruismo, no han hecho otra cosa que extender la frustración. Ni que decir tiene que si la idea es imponer su todopoderosa supremacía, a ningún poder religioso se le va a ocurrir afirmar: “¡Cuídate a ti mismo! Así, estamos condicionados para culpabilizarnos tan pronto como nos atendemos a nosotros mismos.

Olvidarnos de nosotros nos vuelve inevitablemente agrios y frustrados

El resultado es concluyente. La cuasi mayoría de personas que se sacrifican por otros se vuelven un poco más agria cada día que pasa: “Lo he dado todo por mis hijos, y hoy, me lo pagan así”. Más de una vez he oído a voluntarios afirmar con orgullo:  “Cuando me ocupo de otros, me olvido de mí mismo.” En ese nivel, el voluntariado se vuelve francamente patológico y tóxico. El resultado es catastrófico y la frustración reina en todos los entornos donde se pregona la entrega total y la privación.  Conocemos las consecuencias de tales perversiones, entre ellas, la enfermedad, última manifestación de este profundo desequilibrio y de esta cólera hirviente de haberse sacrificado durante tantos años.

Cuidar de uno mismo requiere valentía

El primer paso en la vida es cuidar de uno mismo, y ello no tiene nada de egoísta. Nunca podrás ofrecer a otros lo que no eres capaz de ofrecerte a ti mismo: es una ley natural ineludible. Cuántas personas buscan el amor fuera, incapaces como son de amarse a sí mismas. Cuidarnos auténticamente requiere coraje, ya que para ello hemos de encontrarnos con nosotros, sin rodeos y sin máscaras, aceptar la posibilidad de enfrentarnos a los propios miedos y heridas. Ocuparse de otros no es necesariamente el camino más escarpado, pero sí muy menudo la vía de la facilidad, de la fuga y a veces, incluso, de la indolencia hacia uno mismo. Osar consagrarse a uno mismo requiere generalmente mucho más coraje que el de sobrecargarse de obligaciones externas, que no son sino pretextos para sofocar el veneno.

Cambiar uno mismo para cambiar el mundo

Cuando intentas dar a otros lo que no te das a ti mismo, te vacías de tu esencia. Te desinflas, cual pelota pinchada. Para que el agua brote de la fuente, la fuente tiene que estar llena. Volver a centrarnos en nosotros despertará sin duda, en otros, la impresión de egoísmo, pero qué importa. Si emprendes esta búsqueda, de forma sincera y auténtica, vas a colmar numerosas carencias y frustraciones. Te sentirás pleno/a, ganarás en estabilidad y desprenderás algo nuevo, algo verdadero.

Ya no tendrás, después, nada en común con el ser disperso que eras. Solo entonces, la emanación de ese equilibrio interior, de esa armonía brillará, cual sol, sobre numerosos seres que te rodean. El primer paso consiste pues en caminar hacia ti mismo, para después aportar a otros, no necesariamente a través de la acción, sino por quién eres y por lo que emana de ti. Cuando te encuentras frente a una persona realizada, esta te enriquece con su simple presencia, con lo que es, sin necesidad, por su parte, de emprender ningún tipo de acción ante ti.

El egoísmo es el fruto de la frustración

Si hierves en deseos de salvar el planeta, empieza por invertir toda esa energía en tu favor y, en un primer momento, se aquello que la gente califica de egoísta. Aunque eligieras vivir plenamente el egoísmo, llegaría un momento en que este desaparecería como por encanto, ya que no es sino la consecuencia de nuestras frustraciones, una vana y torpe tentativa de reapropiarnos de eso esencial que somos incapaces de encontrar, puesto que lo buscamos afuera. Si cada ser humano se concediera plenamente a sí mismo un año entero de su vida, aislándose totalmente del exterior, ya nada sería lo mismo y el egoísmo desaparecería de la superficie del globo. El egoísmo es el fruto de la frustración.

En conclusión

¿Cómo podemos iluminar a otros si todo está apagado dentro de nosotros? El faro solo puede guiar a los barcos si la luz brilla en él. Compartir lo que nos habita es el más bello acto de altruismo que podamos ejercer, a condición, por supuesto, de tener una riqueza interior que compartir. No creo en la entrega de uno en el sentido de sacrificio, sino en compartir aquello que estamos en condiciones de poder ofrecernos a nosotros mismos.

Tú eres la persona más importante. ¡Empieza por cuidar de ti, y cuidarás al universo! Desde este emplazamiento te invito a vivir el altruismo…

*N.T. El autor remite aquí a otro artículo donde explica por qué habla de “Partido” en el ámbito de lo religioso. Dicho artículo estará traducido próximamente.

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