En lucha contra uno mismo

A menudo, al escuchar a un gran número de personas hablarme de sus vidas, descubro con qué dureza emiten juicios sobre ellas mismas. Se censuran, arrepienten y castigan por haber actuado de tal o cual forma, infringiéndose incluso en ocasiones castigos físicos, que van desde la privación hasta la automutilación…

¿Es esta la forma adecuada de sanar, de crecer? Es evidente que no. Pienso incluso que es la mejor forma de hundirse en sus problemas y crearse muchos más… Nuestra actitud es determinante en nuestra evolución personal, y es imperativo, en mi opinión, recordarse a uno mismo que el pasado no se puede cambiar: solo considerarlo como un fundamento del ser que somos en el instante presente. Nuestras decisiones del pasado, tanto si hoy nos gustan como si no, son nuestras mejores decisiones del momento. Un pasado rechazado, negado y lamentado es un freno, un peso que bloquea toda posibilidad de evolución.

La vida es comparable a una jornada que termina, con su alborada en el este, su mediodía y su crepúsculo en el oeste. Cuando el sol sale, aporta una cierta luminosidad al paisaje que contemplamos, pone en evidencia algunas cosas y oculta otras, a contraluz. A cada instante del día, la luz evoluciona y muestra el paisaje iluminado bajo un ángulo distinto. Lo que puede parecernos claro a mediodía no lo estaba dos horas antes, y las horas que siguen nos ofrecen también otra visión muy distinta…

Ocurre lo mismo a lo largo de nuestras vidas, y no tenemos por qué reprocharnos una decisión pasada, aun cuando hoy pueda parecernos ridícula o inadaptada. Para avanzar, hemos de trascender ese pasado sobre el que no tenemos ya ningún control, agradeciéndole lo que nos ha aportado y permitido comprender. Ya que cada situación vivida es una enseñanza llena de sentido, si sabemos abordarla como tal.

Para avanzar, necesitamos tratarnos con dulzura, nutrir de amor esas partes lastimadas de nosotros mismos. El auto-castigo es una aberración puramente heredada de condicionamientos judeocristianos ancestrales. Solo una forma de vida, la humana, practica la autoflagelación.  Los primeros seres que la practicaron fueron elevados al rango de santos por nuestras iglesias, con el fin de que aquellos sirvieran de ejemplo. Pero todos tenemos derecho a la felicidad, aun cuando hayamos podido en el pasado sembrar la desdicha. El perdón empieza por uno mismo, por la hospitalidad sin juicio de lo que ha sido y por lo que hacemos con ello para orientar nuestro futuro.

¡Paz y dulzura para nosotros mismos!

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