El maestro

En el plano espiritual, la noción de maestro se percibe a menudo bastante mal.

Aun cuando a mí, personalmente, como enseñante de Reiki, me corresponda ese título, evito simplemente evocar la palabra, pues a menudo está erróneamente asociada a una forma de poder, influencia o manipulación. Cabe señalar que los diccionarios nos ofrecen, sin vacilar, definiciones de la palabra maestro* que parecen salidas del Medioevo:

  • Persona que detenta una autoridad
  • Aquel que gobierna, que dirige, que manda.
  • Persona que tiene un poder de dominación sobre los seres o las cosas.
  • Aquel que tiene súbditos, criados o esclavos.

En un contexto espiritual, evidentemente, ninguna de esas definiciones me atrae, ya que a mi modo de ver:

  • El verdadero maestro no se glorifica nunca de su estatus.
  • Se burla de los títulos o del poder, puesto que no tiene nada que demostrar.
  • El maestro es un servidor responsable, y no un dirigente.
  • Inicia el movimiento, facilita un camino, sin jamás forzarlo.
  • El maestro está al servicio de lo que desea transmitir, y no en la pretensión de inculcar.
  • Siembra, sin preocuparse de la cosecha, la cual no le pertenece.
  • El maestro abre una vía, incitando mediante el ejemplo, sin obligar nunca.
  • Sus principales e imprescindibles cualidades son la humildad, la humildad y… la humildad.
  • El maestro no se concentra en su verdad, sino en el mensaje que ha de ser recibido.
  • Sus respuestas son siempre diferentes, según lo que cada uno necesite oír.
  • Comunica más allá de las palabras, que a menudo solo son pretextos para apaciguar la mente.
  • El maestro es discreto, sin pretensión, sin reivindicación.
  • Su enseñanza no se transmite con la acción, sino con “el ser”.
  • Se dirige al corazón con toda sencillez, sin alimentar nunca el ego.
  • El maestro sabe borrarse cuando hace falta.

Mis mejores maestros se cuentan entre las muchas personas a las que he tenido el privilegio de acompañar en la última etapa de sus vidas. Por sus recorridos, sus autenticidades del momento, por la ausencia de máscaras, algunas de ellas me han transmitido, sin saberlo, las enseñanzas más valiosas que he podido recibir. Estas han consistido a veces en una simple mirada, una sonrisa, una mano sobre mi mano, o algunas palabras… Estos perfectos desconocidos se han convertido así, en un instante, en los seres que habrían de hacer bascular mi existencia, desvelando lo que había de enterrado en lo más profundo de mí mismo.

Los verdaderos maestros no hacen teoría; ellos “despiertan”, sin quererlo ni pretenderlo, sin bagaje específico. No controlan nada, pues el trabajo se hace a través de ellos. No tienen objetivo, y mucho menos algo que demostrar o justificar. Ya habrás comprendido que cada uno de nosotros es un maestro en determinados momentos de la vida, pero la mayoría de las veces ni siquiera tenemos conciencia de ello.

Creer que existe una jerarquía espiritual en la escala humana, o que algunos seres están más evolucionados que otros es pura producción del ego que busca siempre valorarse, midiéndose con otros. Si una idea así te viene a la mente, recuerda que la cualidad del maestro tiene que ver únicamente con su capacidad de estar conectado y centrado en el corazón.

No olvidemos nunca, cuando nos expresamos, que cada actitud y cada palabra, en apariencia a veces anodina, puede ser, sin que lleguemos nunca a saberlo, el disparador de una inmensa transformación en el otro. Esta toma de conciencia no tiene como fin darnos importancia, sino recordar nuestra propia responsabilidad.

*N.T. En el original “maître”, término francés que en español pueden traducirse como “Señor”, “Maestro” “Dueño”, “Amo”, etc.

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