Perderse para encontrarse

La persona que pretenda realizar su recorrido de forma intachable, acabará sin duda frustrándose, pues la vida no es una tranquila línea recta que una el nacimiento con la muerte. La experiencia y el descubrimiento que nos convierten en seres vivos requieren que nos comprometamos con una multitud de caminos que no siempre nos llevarán allá donde imaginamos en un principio. ¿Qué interés tendría cruzar una vida de forma lineal, sin obstáculos y sin pruebas?

El aprendizaje no puede hacerse sino a través de la exploración personal del mundo en el que evolucionamos, de acuerdo con nuestras fortalezas y debilidades. Así es como escribimos, cada segundo, nuestro propio manual de uso. La vida es caótica por definición, y a menudo hay que aceptar perderse para poder encontrarse. No se trata de errores de recorrido, sino de experiencias que resultan ser muy enriquecedoras cuando hemos sabido encontrar en ellas un sentido. Toda experiencia de vida es una oportunidad de crecimiento.

El tiempo perdido no es más que la ilusión que se desprende del espíritu competitivo que obsesiona a la humanidad: Caminar cada vez más rápido y más lejos. Como si el éxito de una vida se midiera por la distancia recorrida o por un record batido. Desde nuestro nacimiento, morimos progresivamente, ¿por qué, entonces, ese empeño en apresurarse, en lugar de autorizarnos a vivir saboreando tanto los momentos de reencuentro como los de extravío? Descubrir quién no soy es una forma también de aprender a conocerme.

Cada encuentro, cada relación vivida, cada acto depositado nos enriquece si sabemos ver en ello lo positivo, si podemos extraer la enseñanza personal que aquello/a vehicula. Cuando aceptamos la posibilidad de perdernos, asumiendo la plena responsabilidad de nuestra decisión, la experiencia, entonces, puede ser asimilada. Pero cuando nos victimizamos a nosotros mismos y nos lamentamos de lo que consideramos un fracaso, no hacemos sino rumiar y cultivar un terreno favorable a la repetición en cadena de un mismo esquema, hasta que algún día lo integremos, como seres responsables.

Aceptar perderse es soltar lo que no controlamos. Perderse no tiene nada de negativo, es autorizarnos a nosotros mismos a superar creencias que obstaculizan muy a menudo nuestro recorrido, es confiar en la vida sin gastar toda nuestra energía en nadar contracorriente. A menudo hay que perder las referencias para encontrar un nuevo equilibrio, una mayor estabilidad. Así pues, el ser humano debe cruzar la oscuridad de la noche para encontrar la luz.

Todo arrepentimiento es una negación de la vida, una incapacidad de dar sentido a la experiencia vivida, juzgándola, y juzgando a las personas eventualmente implicadas. Para encontrarse, hay que saber perdonar, y sobre todo, perdonarse, sin avergonzarse de haber osado tomar esos caminos cuyo mérito radica en haber hecho de nosotros lo que hoy somos. Cada trayectoria de vida es empírica, sinuosa, única… De ahí su belleza, pues termina siempre acercándonos un poco más a la luz.

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