Por el placer de matar

No hay día que no sobrevuele, en Facebook o en otro sitio, una foto ensangrentada que condena rabiosamente la barbarie de las corridas. Digo “sobrevuele” porque, en primer lugar, no deseo refrendar, alimentando una y otra vez, desquiciadas polémicas; pero sobre todo porque esa tradición habla de un aspecto de la naturaleza humana que me repugna profundamente. Y no me refiero aquí al torero, cuyo comportamiento podría recordar al de un ser aislado y perdido, semejante al del asesino sicópata que abate fríamente, solo por el placer dar muerte… Sino más bien ese aspecto que revela un público trastornado, desplazándose en masa y pagando para desahogarse, avalando, así, semejante acto de barbarie.

Hubo un tiempo en el que el hombre asistía como animador a la ejecución en forma de juego de sus congéneres, los cuales tenían que derrotarse públicamente en una arena, frente a adversarios que les dejaban como sola y única opción la de dejarse masacrar. Honestamente, no creo que haya diferencia entre estos dos escenarios, que despiertan, a mi modo ver, la misma fantasía: la de matar por placer, o al menos, la de asistir vilmente a ello, y por voyerismo…

Evidentemente, algunos me dirán que no he entendido nada; que se trata de un patrimonio cultural, y que no hay que ver en ello ningún acto de barbarie, sino solo la conmemoración de una tradición ancestral… Yo veo ahí, principalmente, la realidad de un placer mórbido y sádico, consistente en dar muerte, de forma perversa y con una buena dosis de sufrimiento.

Todo cuanto el ser humano sea capaz de infligir a un animal, será capaz de infligirlo a otro ser humano, mientras esté, claro está, escudado en un sistema político o religioso. La historia y los múltiples estudios realizados sobre este tema llegan, todos, a las mismas conclusiones.

Por lo que, a lo mejor, cabe únicamente recordar que si la tauromaquia existe, no es porque existan los toreros, ni tampoco porque los gobiernos apoyen su existencia, sino, simplemente, porque algunos espectadores respaldan estos tristes espectáculos asistiendo a ellos.

Esta entrada fue publicada en Reflexiones. Guarda el enlace permanente.