Todos iguales, o casi

Vivimos en un mundo curioso, donde más bien se banaliza el hecho de tener una opinión crítica sobre las naciones y sobre los poderes políticos o religiosos. Y esto último tiene un nombre: libertad de expresión. Un bello ideal que lo sería más todavía, si no funcionara a dos velocidades. Si yo afirmo, hoy, que existen suizos repugnantes, musulmanes repugnantes, o incluso cristianos repugnantes, nadie me va a llevar la contraria, puesto que hablo de la pura realidad. Pero, desde el instante en que hable de la idea de judíos repugnantes, estaré cruzando un límite peligroso, por más que todo el mundo sea perfectamente consciente de que ningún pueblo está vacunado contra la locura humana.

Si bien es cierto que unos judíos fueron encerrados en campos de concentración a mediados del siglo pasado, en mi opinión, hoy no están menos encerrados en su rol de víctima; como si, en compensación por las atrocidades sufridas, se hubieran hecho intocables. Así, cada crítica contra un ser de nacionalidad judía se asocia rápidamente al antisemitismo. Y sin embargo, la historia nos recuerda que centenares de millones de seres humanos han sido perseguidos y exterminados, sin que ello despierte, hasta hoy, pareja susceptibilidad.

Y es que los nazis están lejos de ostentar el monopolio del genocidio. De un golpe de bomba atómica, los buenos estadounidenses barrieron, por la buena causa, dos cientos mil civiles nipones. Los honorables cristianos partieron en cruzada, a aniquilar el mal, con el fuego y abominables torturas. Unos cuantos conquistadores se fueron a propagar la libertad, erradicando a ese animal salvaje y hostil al sano desarrollo del nuevo continente, que era el indio de América…

En definitiva, lejos de mi intención seguir, en tono irónico, con esta lista macabra que podría extenderse a lo largo de numerosas páginas y totalizar muchas más masacres (no menos atroces y depravadas) que las cometidas contra el pueblo judío. Solo es interesante constatar que los autores de las mismas no han sido perseguidos por “crímenes contra la humanidad”. Y es que la noción de “buenos” y de “malos” es, finalmente, muy subjetiva.

Más allá de la hipocresía que contienen los bellos discursos políticos denunciando la discriminación, no podemos sino constatar que en la práctica, todavía hoy, cada ser, según sean sus orígenes, su fortuna o su pertenencia religiosa, no tiene el mismo valor humano que su vecino. Opino que el hecho de victimizar a ultranza al pueblo judío, confiriéndole una especie de inmunidad, es sin duda el peor favor que podemos hacerle, pues es otra forma, a mi modo de ver, de mantenerlo en un gueto, atizando de esa forma, un poco más, el sentimiento de desigualdad e injusticia entre las naciones.

Habrás comprendido que yo, que defiendo la riqueza en la diversidad, no he tomado partido. Simplemente, me entristece que no pueda todo ser humano vivir, al día de hoy, como simple ciudadano de una misma tierra.

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